Me sentí tonta, casi estúpida, casi basura...casi yo misma. Me relamí los labios una y otra vez.
Y una vez más volví a llorar, pero en aquella oportunidad lloraba por mi misma, por mi propia soledad que volvía a invadirme una y otra vez.
Lloraba sintiendo aquella extraña sensación de abandono y por sobre todo: me sentía incompleta. Toqué con reverencia mis labios, casi pudiendo sentir tus labios acariciándolos, rozándolos y cosquillas imaginarias me atacaron.
Mis lágrimas se secaron, sintiendo por primera vez la cruda esperanza rodeándome, abrazándome con firmeza, amarrándome a la tierra nuevamente. ¿Esperanza? Sí, aquella liviandad era lo que sentía y me hacía volar un poco más.
Me faltan tus labios, susurro convencida. Necesito sentirlos una vez, sólo eso. Me faltan tus labios aquí, en mi boca, acariciándola, humedeciéndola, mimándola. Suena raro, suena cursi, suena como suena, pero ese es mi anhelo ahora...sólo eso.
Sólo un beso, un beso eterno. Un beso memorable.
Sólo un beso, amor mío.
1. Me faltan tus manos.
2. Me faltan tus labios.
3. Me falta tu cuerpo.
4. Me falta tu calor.
5. Me faltan tus miradas.
6. Me faltan tus palabras.
7. Me falta tu amor.
8. Me faltan tus caricias.
aquellos lindos ojos color miel.
Tus manos se crisparon,
tus ojos se estrecharon
formando una fina linea,
tu boca se curvó hacia abajo.
Hoy creí que llorarías frente a mí,
Que me contarías tus problemas.
Tus ojos me dijieron que algo sucedía
El brillo opaco, las pupilas dilatadas,
la nariz teñida de carmín, y
tus ojos nuevamente.
Me susurraste frases incoherente,
al oído me dijiste:
Lloro hoy ¿lloraré mañana tambien?
El amor mata, escuché por ahí.
El amor me mata, me dijo el corazón.
El amor nos mata, me dijo él,
Asustado por lo que sentía.
El amor me asesinó, me susurras al oído.
A mi también, te susurro de vuelta.
Me das un beso, quizás dos.
Seguimos cometiendo homicidio, murmuro entre besos.
Seguimos aquí, murmuras tú con una sonrisa.
El amor me mata.
La vida me mata.
Los pensamientos me matan.
El aire me mata.
Todo me mata.
Pero tú jamás me asesinarás, cuchicheo en tu oído.
Tú jamás me herirás, me susurras de vuelta.
Jamás.
Jamás, murmuramos ambos con inocencia.
Una eternidad pareció caer sobre nuestros cuerpos.
Dos eternidades, mejor dicho.
Un suspiro apareció en tus labios,
Un suspiro aburrido en los míos.
Me asesinaste, te susurro entre sollozos.
Lo sé, contestas tú.
Me heriste, y diciendo aquello me ahogo
En lágrimas secas.
Tú juraste...comienzo diciendo yo.
Lo sé, contestas tú.
El amor me mata, me dijo en ese entonces mi corazón.
El amor mata, te escucho decir mientras te marchas.
El amor te matará, juro al cielo mientras escapas.
El amor...
- Location:En mi cama
- Mood:
depressed - Music:Shumman
La existencia única como es, se vuelve demasiado predecible al ver a otros seres padeciendo los mismos sufrimientos.
En realidad mi existencia es inútil. Me declaro culpable por existir, pero por sobre todo, me declaro culpable de existir sin vivir. Soy una parte del montón, una partícula más en aquella gran masa llamada sociedad. Soy lo que se denomina “calienta asientos”, “espacio perdido” o “un ser humano más”.
¿Qué es lo que nos separa del resto? ¿Qué es lo que nos hace especiales? Nada, porque como humanos estamos maduros desde que nacemos para morir, dice Unamuno con su gracia de poeta. Desearía que otro ser humano, más competente e inteligente que yo, hubiese vivido en el lugar que ahora estoy parada.
Pero la predisposición no existe, ni la selección natural, ni el destino, ni siquiera un simple pretexto para no sentirnos tan vacíos y culpables. Sólo existe la providencia divina, ¿Es pues Dios quien nos pone en este lugar? Ruego que así sea.
Doce. Ochenta y cuatro. Como sea. Relatos para la página de Retos Ilustrados. Personaje: Melancolía. Claim: Personajes locos de atar. Dedicación: para Paula Valencia
Metamorfosis Espectral
La vanidad me asedia.
Puedo sentir el silencio zumbando en mis oídos y al aire tarareando canciones lúgubres. Puedo sentir el extraño vacío que ha dejado la extirpación de mi corazón. Es como si un líquido frío saliera de aquella zona en busca de la luz, y que se secase tras descubrir que la luz en mi ser no existe; como no existe El Amor, como no existe el consuelo para mi tristeza, como no existe
Los rostros a mi alrededor no reflejan nada. La gente a mi alrededor pareciera sonreír, tensando aquellos catorce músculos de su rostro. Las sonrisas mueren en sus labios, sus carcajadas parecieran estar sordas y sus ojos siempre vacíos.
La jactancia me acorrala.
Puedo ver sus cuerpos, tan tensos y rígidos, moviéndose de un lugar a otro Ellos arrastran sus pies, sus almas, de sitio en sitio buscando algo de que reír. Sus ideas son escasas, como si el tormento las sorbiera del vaso, por lo que sus pensamientos están limitados a las cosas que ven.
La superficialidad gobierna este mundo.
“Los ojos lo son todo”, indican algunos desinformados. “El mundo es tal cual lo ves”. “Esa es tu realidad, lo que tus ojos alcanzan a ver”. “La fachada no tergiversa, enseña”.
Y otros extremistas por su parte declaran con potestad que el cuerpo estorba, que no deja ver el alma. “El cuerpo estorba porque nos vuelve vanidosos”.
El alma se escucha, no se ve ni se toca. Los ojos son idolatrados con hedonismo. Los cuerpos inertes a mi alrededor carecen de dignidad. Sonríen y con eso sólo muestran su vacío interior, su falta de cognición y, sobre todo, muestran su carencia de verdadera alegría.
Aquellas mismas personas vanidosas puedo verlas arrodilladas, implorándole a
¡Oh, dios, malditos sean los hombres sobre la faz de la tierra!
Ellos arman un motín y toman por prisionera a
La felicidad está muerta.
Aquella pobre muchacha, violentada por esta asquerosa humanidad, mendiga un poco de amor. La pobre niña de cabellos rubios se queja y sus piernas le fallan. La suciedad la rodea y
Ese tema no hace más que tensar mis labios. Ver a todos a mi alrededor viviendo una realidad tan limitada, tan pequeña entre el basto imperio del hombre.
Las lágrimas caen y el dolor que siento se asemeja a ti. Deshidrato la pena entre lágrimas saladas. Mi rostro, siempre inflexible, se contrae ante los descubrimientos de aquel día.
La risa nunca más llegó a mi rostro. Doce semanas llevo intentando salvar a
Doce semanas sin abusar de ti, oh, amada Felicidad.
- Location:en la silla de tortura
- Mood:
angry - Music:la voz dormida-Mago de oz
Advertencia: Feme Slash
One- shot: te deseo suerte
Fandom: Harry Potter
Claim: Hermione & Ginny
( Feme Slash/Ginny&Hermione )
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Estás sentada en la banca de un parque; estás en clases; estás entrando a tu casa: estás acostándote en tu cama; estás cerrando tus ojos, viendo cómo pasa otro día; estás adormecida, sintiendo cómo tu conciencia y recuerdos del día se van de la zona de ruminación; estás en el vacío. Estas ahí: en el centro de tu existencia. Estás, simplemente estás.
Te levantas lentamente, acostumbrando tu mente a lo que vas percibiendo con los sentidos. Es un nuevo día, ese es un hecho irrefutable que no puedes cambiar. Es un nuevo día de tu rutinaria vida de ser humano. La monotonía te informa que es hora de que te levantes rápido, te vistas y salgas de aquel lugar.
Respondes a lo que tus fantasías y sentidos aclaman, olvidas en este día que la razón va por sobre las otras dos cosas, pero aquello no te interesa: tú no deseas saber nada. Como siempre, pones por sobre tus pensamientos propios los pensamientos ajenos y con aquello te conformas. Parásito, se llama en mi tierra a los seres como tú.
La conformidad no es más que la ignorancia y mediocridad. Lo sabes; todos los saben. No deseas tocar la sutil fibra que cubre tu existencia o lo que tú crees de ella. No quieres saber nada que te haga dudar de lo que tus sentidos te dicen que es real: no deseas saber que en realidad no existes.
No sabes nada. No entiendes nada. No razonas nada y eso te hace endeble.
Estás sentada, escribiendo con tu letra cuadrada y pequeña: como tu mente. Estás saliendo de la universidad, tu mente va divagando en fantasías erróneas que sugieren la existencia de la felicidad. Estás sentada, hoy te han herido de muerte y tú lo sabes muy bien. Estás de pie mirando la pared de tu habitación; la pared es blanca, sin mácula alguna: parecida a tu mente, tu muerte.
Hoy han hecho de tu mente una tempestad de ideas, un desparpajo de insultos a tu subsistencia. Sí, te han asaltado con pensamientos y filosofías extravagantes que hablan de tu preexistencia vulgar e inútil.
Lo sabes ahora. Entiendes, percibes y razonas. Continúas siendo débil, pero esta vez no es por la inexistencia de los problemas, más bien es porque ahora entiendes la existencia de aquellos gigantes insensibles acosadores, tus problemas, y por eso eres vulnerable.
Ahora sabes que no basta con ser consciente de que existes, para existir. Ahora sabes que cuando piensas, en parte, existes. Lo que no sabes es que aquel razonamiento filosófico antiguo, sólo es aplicable a nuestra parte racional.
La razón, justamente era lo que tú no deseabas utilizar. Una lástima ¿no crees?
Eres un pobre alma confinada a una etérea existencia. El miedo al razonamiento, al conocimiento, te enjauló entre las garras de la indecisión y la ignorancia.
Ahora sabes, pero aquello no es suficiente. Ahora entiendes el porqué real del miedo al conocimiento. El miedo no es nada comparado con el terror de no saber si existes o es todo un vil sueño.
En este caso, patético de tu vida, era mejor tener miedo a lo desconocido que al pánico a lo que ya conoces.
Vive, sonríe, porque ahora ya conoces a
Vive, sin saber si realmente es aquello lo que estás haciendo.
Te lo han repetido una vez más: si no te mejoras no podrás salir de aquella podrida habitación. Si no te mejoras morirás podrida en tu cama. Te lo han dicho muchas veces. Sientes terror de volver a escuchar aquellas palabras. Deseas sanar todo aquello malo que la gente cree que tienes, pero ellos no entienden que tú eres lo malo, que tú eres la enfermedad.
Tienes miedo de que algún día realmente cumplan sus amenazas y te encierren. Sonríes y vives con felicidad porque sabes que es el único modo de huir de La Locura. Pones tu máscara de humano a diario sobre tu rostro para no asustar ni preocupar a nadie.
No puedes llorar porque no sabes cómo se hace aquello. No te enseñan a llorar porque no desean que llores. No lloras porque no te lo permiten.
Sabes sonreír pero quieres no hacerlo. Te han dicho que con tensar aquellos catorce músculos de tu cara puedes conseguir que te dejen libre. Te han dicho que si sonríes espantarás a La Locura. Ellos mienten, querida. A La Locura le encanta sentir las risas vacías de aquellos que le tienen miedo. A La Locura le encanta llorar y que te obligues a reír.
Te han dicho que no debes dejarte seducir por La Muerte, la pálida e imponente. Te han mentido nuevamente. Si no te dejas seducir por La Muerte, esta despecha mujer, te maldice a una existencia enamoradiza; te condena a ansiarla y a no poder tenerla.
Te repiten que debes escapar de La Locura y tú, en tu torpeza, te condenas a ser esclava de ésta. Huyes por el camino equivocado, siempre ha sido así. Corres de manera estúpida hacia la demencia intelectual.
Ríes en medio de la nada y escuchas el eco de tu risa: es La Locura que se ríe de ti. Caminas por la neblina pero no hay una dirección real a la cual seguir. Sientes la cálida mano de La Locura conduciéndote por túneles inexistentes. Preferirías morir a tener que vagar eternamente de la mano de aquella Loca.
Ves a la muerte, pálida y blanca; transparente y etérea. Ves a La Muerte parada al frente tuyo, seduciéndote como en tiempo de antaño con su exótica presencia. Se acerca a ti, te acosa con la mirada y puede sentir tu deseo. Realmente deseas a La Muerte, deseas sentir sus pálidos labios congelando tu cuerpo. Deseas huir de La Locura a toda costa.
La Muerte llega al frente tuyo y te mira a los ojos. Los ojos azules e inhumanos te traspasan. Las lágrimas se deslizan por tu rostro y sientes la tibieza de tus últimos pensamientos saliendo como agua cálida de tus ojos; eso es llorar, te susurra en el oído La Muerte. Das un paso hasta La Mujer de blanco parada al frente tuyo y con tu mano libre tocas su blanca cabellera. Acercas tus labios color rosa a su rostro inmaculado.
La textura y color son como los de un terciopelo blanco. Lo sientes y realmente deseas aquello. En cuanto ladeas tu cabeza en busca de más, sientes tus miedos desaparecer y cómo La Locura te suelta la mano. La Muerte posa su fría mano en tu rostro y comienza a juguetear con tu lengua.
Es un beso frío. Es un beso deseado por todos nosotros. Es un beso salvador. Es un suicidio. Es la Muerte a cambio de La Locura. Es el fin.
Has estado en aquel lugar desde temprano por la mañana. Deseas purificar tu alma, como todos los de ahí reunidos. Deseas el favor de Padre Celestial y de su Hijo. Escuchas atentamente las palabras que salen monótonamente del sacerdote de pie en el púlpito. Estás sentada, sintiendo aún las manchas de tus pecados sobre tu piel.
Sientes pánico al sentirte tan inmunda, tan manchada y sucia. Siempre te sientes así: como una basura que Dios abandonó por hereje. Te sientes abandona por El Padre, ya que sus manos ya no te sostienen cuando caes.
Estás sentada en la última banca de aquella iglesia. La gente te mira y tú miras a la gente. Observas a familias allí reunidas, mas tu familia ya no está allí. Tu familia sólo es tu hermano mayor, él es quien te protege, te ama y te cuida.
Aún puedes sentir sus manos tomándote el rostro, pequeño e indefenso. Aún puedes sentir su lengua cálida recorriendo tu boca. Aún puedes sentir vuestros cuerpos desnudos, unidos por medio de la fornicación. Aquellas caricias lentas en tu sexo, incitándote a caer nuevamente. Los recuerdos de tus múltiples pecados continúan presentes.
Después de todo, él es tu hermano. La relación incestuosa que llevas con él no es el problema. Que te folle en las reuniones familiares, no es el problema. Que ames a tu hermano, no como tu familia, sino que como un hombre, no es el problema.
El pecado de aquella unión que es aquella mancha de ácido que te va quemando el alma. Que corroe tus entrañas, te paraliza por completo.
No es la culpa. No hay culpa ya que le amas y todo tu ser depende de él. No es tristeza ya que él te hace reír y sentir mujer cada vez que puede. No es cansancio, jamás te aburrirás de él.
Es el pecado en forma de serpiente antigua, halada, mordiéndote las piernas y envenenando tu corazón. Es la serpiente que te susurra al oído que la paga del pecado es la muerte.
— Vuestras iniquidades os han separado de vuestro Dios, y vuestros pecados han ocultado su rostro de vosotros para no escuchar [1] — Escuchas decir en medio del silencio.
Sientes un temblor recorriéndote todo, acorralando tu alma inmunda de pecados.
— No hay quien clama por la justicia, ni quien juzgue por la verdad. Confían en vanidad, y hablan vanidades; conciben maldad y engendran iniquidad [2] — Continúa el sacerdote desde adelante.
Aquellas palabras llegan a tu subconsciente a derrumbar tu muralla de excusas baratas para tu pecado.
—Sus pies corren al mal, se apresuran a derramar sangre inocente. Sus pensamientos son pensamientos de iniquidad, destrucción y quebranto hay en sus caminos [3]— Escuchas aterrada el sermón.
Las palabras del sacerdote retumbaban en tus oídos, retumbarán por días y noches enteras. Asesinándote cada día un poco más.
— No conocieron caminos de paz, ni hay justicia en sus caminos. Sus veredas son torcidas, ninguno que ande en ellas conoce la paz [4] — dice el sacerdote mientras hojea la Biblia.
Ya lo has escuchado. Ya sentiste y escuchaste la sentencia. Has escuchado las palabras y las has guardado en tu corazón.
No tendrás paz mientras camines por aquellos senderos torcidos. No tendrás paz mientras vivas en pecado. Te aferras al amor por esta vez, sabes que aquello acallará tus pensamientos.
Es imposible no pecar, es imposible alcanzar la perfección, sin embargo es eso lo que les exige Dios a sus hijos para alcanzar la vida eterna. Arrepiéntete pecadora y encontrarás el perdón a tus pecados. Arrepiéntete y verás la justicia divina llenando de culpa tu ser.
— Y saldrás y verán los cadáveres de los hombres que se revelaron contra Dios. Los gusanos que los coman, no morirán; y el fuego que los devora, no se pagará. ¡Serán abominables a toda carne! [5]— finaliza el sacerdote, clavando el puñal en tu alma.
Ese es el pago de tus apostasías: una muerte eterna y dolorosa. Ese es el pago de todo aquel que desobedezca de la presencia de su Creador.
¡Oh muerte eterna! Ven por mí ahora y llévame contigo a aquel formidable lugar inexistente. No deseo vivir en un mundo injusto, en donde el libre albedrío sea nuestra condena. No vale vivir ahora, pues mi carne ha conocido los arbitrarios designios de mi creador. Ya no vale vivir sabiendo la voluntad de nuestro padre.
La paga de tu pecado es la muerte.
No tengáis miedo a una muerte eterna, pues es lo que la mayoría de nosotros, los pobres mortales alcanzará. Ese es el castigo de vivir sin consciencia divina. Arrepiéntete inmundo pecador y podrás alcanzar a vez la gloria eterna.
Arrepiéntete y podrás sentir la culpa de tus pecados persiguiéndote hasta en el más allá, en donde los gusanos te comerán eternamente.
Así sea.
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Un texto un tanto hereje, en donde revelo mi grado de agnóstica. Lo siento por quienes crean ^^
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Textos desde la Biblia:
[1] Isaías 59:2
[2] Isaías 59:4
[3] Isaías 59:7
[4] Isaías 59:8
[5] Isaías 66:24
Hagiofobia
Nuevamente aquellos ojos te miran y te atraviesan la carne, como si se tratasen de un frío metal punzante. Le miras a los ojos, siempre vacíos y sin impurezas. Te hace daño sentirle ahí cerca de ti, merodeando por entre tu vida sin permiso previo.
Detestas que levante la vista de su libro y te observe con una sonrisa, haciendo caso omiso a tu cara. Le miras y ves el cinismo plasmado en aquella figura femenina. Te ves a ti mismo y te sientes vulgar al lado de ella. Es inútil, siempre es así.
Ella continúa al frente tuyo, siempre Blanca, como si un rayo de luz le acariciase su cabellera dorada constantemente. Siempre te mira indiferente haciéndote sentir pequeño, oscuro e infame. Te hace temblar. Te hace sentir la condenada esperanza del perdón bombeada directamente desde tu corazón a la sangre que recorre todo tu cuerpo. Sabes que todo es completamente relativo cuando aquella criatura está en frente tuyo, eternamente con su cinismo y traición.
Siempre va caminando con su apariencia de santa. Siempre camina lento para que todos la vean con su cuerpo menudo y puro. Siempre va hablando de estupideces que ni ella cree. Las vestiduras blancas no hacen más que convencer al resto de que es una buena mujer; ingenuos, dices tú.
Porque tú sabes la verdad. Sabes que aquella virgen de blanco, con apariencia de santa, es falsa y aquello te aterra. Te da miedo pensar en la posibilidad de que el mismo patrón cínico se repita en todas la personas con apariencia buena. ¿Hay alguien justo en este planeta? ¿Siquiera uno?
Aquella luz sintética, plástica, de aquella señorita te enferma los sentidos. El cuerpo animado de un ser completamente luminoso, te encandila la vista y te hiere la piel. te destruye el pensamiento creer que todo aquello es falso.
Te da miedo sentir aquella falsa luz, pero te da terror pensar en la luz original, la primera y la eterna. Intentas calmar tu pensamiento repitiéndote que los santos no existen, así como no existe la risa de las hadas; así como no existe la perfección o una persona que proyecte aquella luz incorpórea. Intentas respirar profundo tras razonar aquellas cosas quiméricas. Realmente deseas calmar tu conciencia y alma.
La rabia continúa atacando tus nervios pero te obligas a tranquilizarte un poco, después de todo, estás en una biblioteca. Se supone que lees un libro, al igual que ella lee el suyo, aun cuando tú sabes que las letras de aquellas hojas son el papel secundario de aquellos momentos, crees que las miradas valen más que cualquier libro milenario.
Tú deseas atravesarle su disfraz de santa y ella desea atravesar tu disfraz de inseguridad y tragedia. Ambos intentos son igual de utópicos: ninguno de los dos sabe qué hacer para eliminar la desvergüenza de ambos. Ambos son igual de cínicos, razonas al final, pero ella lo es más porque va con su apariencia todo el tiempo, intentando convencer al resto de algo falso.
Tú lo has notado y ella ha descubierto algo de ti.
Se levanta con parsimonia. Tú dejas el libro a un lado, realmente no te logras concentrar con aquella intrusa revoloteando. La sigues con la mirada y sales detrás de ella. Te escondes por entre los pasillos y la vas observando entre los libros, sigiloso y embozado.
Poco a poco os vais adentrando al terreno más negro, al lugar más oscuro y frío de aquel lugar. Vais llegando a los pasillos finales, llenos de aquella eternidad que entrega lo ciego y oscuro. La cálida luz que suele estar en los salones de lectura ya no se encuentra más, sólo está aquella sección vacía.
Ella dobla en la esquina y se encuentran cara a cara en aquella asombrosa oscuridad completa y llenadora. Sólo está el débil perfil de ella alumbrado por aquella insuficiente luz lejana; sólo está su cara de falsa sorpresa y sus labios encorvados.
La detestas.
Te acercas, le agarras el rostro con un toque áspero, entrelazas tus dedos por su cabellera dorada y la empujas hacia ti mismo. Le succionas el labio inferior y luego le presionas con la lengua la comisura de sus labios. Ella abre su boca y tú entras rápidamente, sin pedir permiso ni preguntar nada. Ya sabes cómo descubrir y desvelar a aquella santa: basta con un beso para saber qué es lo que tiene en mente.
Por inercia ella pone los brazos en tu torso y por inercia comienza a entrar en tu boca, a entrar en tu concavidad húmeda, empujando de ese modo tu lengua a su sitio. Es ella quien comienza a interactuar, a luchar por el territorio.
¿Alguna vez creíste que aquel beso te perteneció?
Ella es quien te prueba a ti, es ella quien decide qué tan malo eres. Tú no eras quien le probaba la inocencia a aquella señorita, porque la inocencia no existe en esa edad. Sientes su lengua pegada a la tuya, acariciando con lentitud todo lo que alguna vez te perteneció.
Sin separar tu boca de la de ella la empujas hacia uno de los estantes. Por fin despiertas y te das cuenta de que ella no era la santa que todos creían, que por fin la has descubierto ¿Y qué importa aquello?
Si aquella infame mujer te ha hecho dudar de tu propia naturaleza ¿Qué vale la calidad de santa que tenga ella? Sólo queda demostrarle que tú realmente eres maldito y el bastardo que ella tendrá que detestar por siempre.
No le ganas ahora ni le ganarás nunca.
Ella no era santa y tú no eras realmente malo ¿Qué importa el futuro si ninguno de los dos sabe qué es realmente?
No existe la maldad ni la santidad. No existes tú ni ella. No existe un término medio que defina la naturaleza humana, realmente todos somos pecadores y a un solo infierno vamos. No existen las palabras, no existen los pensamientos ni los razonamientos.
No estamos seguros de nuestra propia existencia ¿Y qué? Si la vida es un sueño más vale no despertar jamás.
